En el día del periodista se podría decir que quienes ejercen esta profesión son personas especiales, tanto que han llegado a creerse el cuarto poder. Si esto es cierto entonces estamos en una debacle imparable. Ojala sea sólo un delirio místico de un perdido. Pero la realidad parece demostrar lo contrario, el delirio místico es masivo.
Dice Tomas Eloy Martínez que hay que recordar siempre que el periodismo es, ante todo, un acto de servicio. Es ponerse en el lugar del otro, comprender lo otro. Y, veces, ser otro. Hoy todo esto se olvido, se tiró a la basura como una fórmula que ya no sirve.
No recuerdo la última vez que el periodista se puso en el lugar del otro por el otro mismo y no por el mero hecho de dar a conocer información. Es más, el otro ya no es otro, es un número, una cifra, una anécdota. Cuando veo a un periodista cubrir una noticia me sorprendo al ver que la opinión que dan sobre el hecho tiene que ver más con el perfil editorial del medio en el que trabajan que con la gente a la que presentan. Y esto se debe a que si el periodismo es el cuarto poder ya forma parte de la esfera de las instituciones capitalistas antes que de la esfera de la población. Ha decidido escindirse de la sociedad y pasó a ocupar un lugar en el poder, porque allí se vive bien y si no molestan adquieren una notoriedad que no van a tener nunca si fueran meros buscadores de verdades, o sea, si fueran periodistas.
El periodista se convirtió en una vedette pensando que el apoyo de la gente estaba basado sólo en su persona. Gran error, la población busca periodistas confiables, que estén del lado de la gente y por eso los siguen. No los idolatran por carismáticos sino por comprensivos, por auténticos. Pero esa idolatría le abrió un hueco en el poder y allí se insertó, cómodo, pensando que el amor del pueblo durará para siempre. Mientras tanto aprovechó de la coyuntura para seguir fogoneando la dicotomía que hoy envuelve a nuestro país. Todos se la juegan por el Estado o se la juegan por los monopolios. Por el pueblo casi nadie, los que lo hacen resisten desde una radio comunitaria, un diario de poca tirada o un blog. Y nada más, el pueblo y dos o tres locos defendiendo el lugar del periodismo en la sociedad. La gran mayoría brindando con champagne con los millonarios, festejando que se vendieron 1000 ejemplares más, que consiguieron pauta oficial, que la sintonía de la radio tiene más potencia o simplemente que hay un grupo en facebook que los apoya.
Así lo plantea Margarita Rivière cuando dice que el público mitifica al periodista, lo convierte en una vedette porque no conoce su forma de trabajar y que un reto es la transparencia sobre la profesión del periodista. Eso, justo eso, transparencia, para que las personas sepan que para que puedan leer una nota en un diario o escuchar una noticia en una radio hay miles de tipos que laburan detrás de eso, sin feriados, con horarios full time y laburos full life, por supuesto ganando mucho menos que lo que gana el periodista que transmite y sin obtener nunca un reconocimiento.
También agrega Margarita que la pérdida de credibilidad viene determinada por el mal trabajo de tantos periodistas que se convirtieron en puros portavoces de intereses inconfesables, incapaces de esforzarse en su propia formación y libertad. La credibilidad se fue demasiado rápido y ahora es casi imposible de recuperar. No es mejor el periodista que trabaja para el gobierno que el que trabaja para los multimedios, los dos son parte de la misma porquería. Como dice Rivière: “Esta situación ha transformado el periodismo, en general y con todas las excepciones obligadas, en un club de charlatanes a sueldo.”. Hoy, por ejemplo, el fotoperiodismo esta en caída por las fotos amateurs, más baratas y más rápidas. Pero sobre todo porque la gente se cansó de ver pasar la información y ahora quiere formar parte de ella. Mientras, las empresas aprovechan el bajo costo.
Asistimos, tal vez, a la caída más estrepitosa de la profesión. Creada por los dueños de las 10 mega cadenas que manejan los medios, pues el manejo que estos hacen de la información para servir a sus propios intereses ha hecho degradar no sólo la calidad de la información sino también al oficio de periodista. Y a su vez impulsada por los propios periodistas que en lugar de cuidar su lugar en la sociedad se asociaron con esos poderes dándole la espalda al pueblo y perdiendo así toda chance de reputación.
Se cansó la sociedad de noticias falsas, de informaciones tendenciosas, de periodistas vedettes, se cansó de que la ningunearan unos tipos que decían buscar la verdad para que la población sepa lo que estaba pasando cuando en realidad estaban creando una burbuja para el pueblo, respondiendo a intereses que tienen que ver con, vaya curiosidad, los enemigos del pueblo.
Igual se veía venir, el periodismo ideal, aquel que busca la verdad constantemente, aquel que está con y para el pueblo, no es rentable. Y la plata es llamadora, los ideales no valen nada. Dijo alguna vez Jorge Rial (no es el mejor ejemplo pero vale): “cuando apareció la guita me olvidé del anarquismo ¿a quién no le gusta vivir bien?”. Parece que los periodistas de hoy prefieren vivir bien.
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